Ficha de la película: (informacion obtenida de Filmaffinity.com)
| TÍTULO ORIGINAL | Never Let Me Go | ||
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| DIRECTOR | Mark Romanek | ||
| GUIÓN | Alex Garland (Novela: Kazuo Ishiguro) | ||
| MÚSICA | Rachel Portman | ||
| FOTOGRAFÍA | Adam Kimmel | ||
| REPARTO | Carey Mulligan, Andrew Garfield, Keira Knightley, Charlotte Rampling, Sally Hawkins, Izzy Meikle-Small, Charlie Rowe, Ella Purnell, Nathalie Richard, Andrea Riseborough, Domhnall Gleeson, Oliver Parsons | ||
| PRODUCTORA | Fox Searchlight Pictures / DNA Films / Film4 | ||
| PREMIOS | 2010: Independent Spirit Awards: Nominada a la Mejor fotografía | ||
| SINOPSIS | Adaptación de una novela de Kazuo Ishiguro, autor de “Lo que queda del día”, también llevada al cine. Kathy, Tommy y Ruth pasan su infancia en Hailsham, un internado inglés, aparentemente idílico, donde descubren un tenebroso e inquietante secreto sobre su futuro. Cuando abandonan el colegio y se aproximan al destino que les aguarda, el amor, los celos y la traición amenazan con separarlos. (FILMAFFINITY) |
Crítica:
Me pasó algo muy curioso cuando el otro día fuí al cine a ver esta película. Al entrar en la sala, un señor trajeado, todo buenas maneras y simpatía, nos pidió amablemente que dejáramos nuestro corazón en una mesa adjunta. Ante una petición tan poco usual uno no puedo más que extrañarse, y esa sensación se agudiza cuando ves que en la mesa de marras lo que hay son pequeñas tenazas de un hierro que se te antoja frío como el infierno. Aun así, no puedes resistirte y, casi sin rechistar, dejas tu corazón palpitante a merced de ese extraño y sus tenazas de hierro. Y a partir de ahí, estás perdido.
Te sientas en las mullidas butacas y empiezas a perderte en los mundos de un futuro pasado que se te antoja desagradablemente cotidiano. Todo es lo que ves y a la par hay algo esquivo que se te escapa y que te van descubriendo a medida que el metraje avanza. Y si consigues despegar un momento la mirada de la pantalla, de las bellas imágenes de prados ingleses y la inocente alegría de unos niños que, aun sabiendo lo que ocurre, no son capaces de entenderlo (a pesar de los esfuerzos de alguna que otra alma caritativa que intenta enfrentarlos a la desgarradora verdad que se esconde detrás de sus vidas). Si consigues evadirte un momento de la música que te va sedando, sumiéndote en un estado de calma inquieta. Si prestas atención a la mesa donde dejaste tu víscera a la entrada, veras que el amable caballero, ahora ataviado con un delantal blanco sobre su impoluto traje negro, ha comenzado su tarea y, con la misma sonrisa con la que te recibió, no deja de pellizcar los corazones con sus tenazas, salpicando ligeramente de sangre a su alrededor. De momento, solo consigue inquietarte, aun no duele demasiado y, al fin y al cabo, la sangre siempre ha sido en exceso escandalosa.
Cambio de escena, la niñez deja paso a sentimientos algo más complejos pero aun hay cabida para la inocencia y la falta de compresión. Los conflictos afloran, internos, externos. Y siempre se mantienen velados, contenidos por el mar, por los paseos al atardecer lluvioso de la campiña inglesa, por lágrimas derramadas sin un solo sollozo. Lagrimas que caen por su propio peso, lagrimas de comprensión, de una comprensión calma que poco a poco va haciendo que tú, que estás sentado ahí, también entiendas mucho de lo que está ocurriendo. Y hace que te rebullas incomodo en la butaca, que mires de soslayo (ya no te atreves a mirar abiertamente) al señor del traje y el delantal, bastante rojo ahora, y te encojas de dolor ante la masa sanguinolenta que empieza a ser aquel órgano que, tan solo una hora antes, dejaste sobre la mesa.
Llega el tercer acto y ya están todas las cartas sobre la mesa. Sentado en la sala te vas deslizando poco a poco, lentamente, sin aspavientos, por el abismo que arrastra a los protagonistas y que, después de 103 minutos, te das cuenta de que es tan negro como se vaticinaba desde el comienzo.
Te levantas maltrecho y casi sin voz. No miras más a la mesa, y cuando pasas al lado del amable señor del traje (ya sin delantal) te devuelve tu corazón con una sonrisa, la misma que ha mantenido todo el tiempo. Sorprendentemente está integro, esperabas una carnicería pero no es así. Lo devuelves a su lugar y, solo entonces, te atreves a mirar de nuevo: ni rastro de las tenazas ni de su terrible actividad. Aliviado suspiras y notas como el color va volviendo a las mejillas y la voz hace amagos de aparecer en tu garganta. Y entonces hablas, y hablas porque has de hacerlo, porque si te quedaras callado más de uno pensaría que estás loco, que algo se ha fundido en tu cabeza. Y lo más inquietante, es que no dejarían de tener razón. Porque en el fondo, algo se ha metido dentro de ti, y ha cambiado, ligeramente, la forma que tienes de ver ciertos aspectos del mundo que te rodea. Afortunadamente, el olvido es algo que siempre está a nuestro servicio y que, a buen seguro, usaremos para enterrar lo que acabamos de ver. Aparcarlo en un rincón de la memoria y dejarlo envejecer entre telarañas.
Si podéis, no lo hagáis. Si podéis ved esta película cada cierto tiempo. Si podéis, aguantad el dolor y reavivad la sensación que os dejó inicialmente. Pero claro está, solo si podéis. Yo estoy seguro que no seré capaz, pero siempre intentare acordarme del peso y la elocuencia de las lágrimas.




